Serían las siete de la tarde de una tarde cualquiera de verano. Estaba esperando el autobús cuando llegó una chica. Miró los horarios y se sentó, y después de eso nos pusimos a esperar sentados.
Cuando llegó el mío me monté y me senté al lado de la ventana donde daba el sol, y curiosamente también a la parada de autobús.
Entonces ella me miró, y yo la miré.
Cuando me quise dar cuenta uno de los dos bajó la mirada, o el autobús se movió hacia adelante, lo que ocurriera primero.
Y sonreí.
Me di cuenta que había sido una mirada sin miedo, una mirada sencilla, cualquiera entre dos personas cualquiera. Una mirada mágica sin edulcorar que dos personas compartieron, sin más, y pensé que ojalá tuviera muchas más miradas de esas. Una mirada humana, sin trascendencia, sin más principio ni fin que un vistazo casual.
Pero luego pensé en la situación: un chico subido a un autobús y una chica sentada en la parada. Una persona estática y otra dinámica, como en el ejercicio cualquiera de física, o la trágica historia de amor imposible de un libro cualquiera.
Sería cualquiera, pero entre ella y yo había algo: un cristal, un cristal y la imposibilidad de volver a vernos.
Quizá por eso la mirada fuera tan pura, tan sencilla, tan cualquiera, sin tonos sepia de fotos antiguas, una mirada que pasó desapercibida entre los demás.
Entonces me di cuenta de que si esa mirada hubiera sido fuera de un autobús quizá no hubiera sido así, como si el cristal y la imposibilidad de dar marcha atrás fueran determinantes.
Y lo sería.
Por eso me di cuenta de que qué bello sería vivir con la posibilidad de volver a otra persona y sin haber ningún cristal de por medio. Sin sentir miedo, viviendo la alegría y la pureza que sólo una mirada entre dos personas comprende.
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