martes, 2 de abril de 2013

Hoy se perdió el equilibrio, y la balanza cayó de tu lado, mi amor…

Dice Revólver en una canción «Y es que no hay droga más dura que el amor sin medida» y siempre me pareció una frase simpática.
Pero hace quince minutos la entendí.
El amor es una droga.
Cuando uno empieza a enamorarse cree que se le promete la felicidad eterna, que los problemas dejan de tener ese grado de dolor y que todo será más fácil.
Pero el amor convive con las personas, esa es su gracia, y las personas tendemos a hacerlo todo complicado; a liar la madeja, a enrollar lo inenrollable, y hay veces que se puede y veces que no se puede.
En el amor entra uno medio engañado, como en la droga, y sabe cómo entra, pero no sabe cómo sale.
Uno se esclaviza de sí mismo, de los demás y acaba dependiendo de la droga– o del amor.
Cuando uno vive sin amor duele, y cuando uno vive enamorado muere.
Por eso… el amor es una droga. Una droga que no cuesta dinero, pero que daña y que hace feliz como ninguna otra cosa.

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